¿Está todo perdido?

Liseth María González Alfaro
[email protected]

La ilusión de un padre inicia desde el momento en que la noticia de un embarazo rompe en la cotidianeidad de una pareja. En la mayoría de casos, la madre cambia sus hábitos alimenticios para satisfacer, no solamente sus deseos; sino, también los de ese nuevo ser que lleva dentro de su vientre. Por otra parte, el padre debe preocuparse por cumplir con los pedidos de la mujer y suplir los famosos “antojos” del embarazo. Desde el vientre de la madre, la alimentación del niño es sinónimo de desarrollo y bienestar. Al nacer, los padres dedican noches y días enteros nutriendo a su recién nacido con leche materna o algún suplemento de la misma, para que a la larga su niño o niña crezca fuerte y sano. Alrededor de los seis meses de vida, el niño empieza a ser bombardeado con todo tipo de purés, mezclas de vegetales y frutas. Aquí, radica el inicio de la creación de hábitos alimenticios en el niño y sus bases son trascendentales para el desarrollo futuro del menor. Así que, el padre empieza a dar de comer al niño o niña todo lo que le pide y la creencia de que “entre más gordito, más sanito” toma fuerza en los primeros años de la niñez.

Hoy en día, es muy común ver niños menores de ocho años con sobrepeso y obesidad. En la mayoría de casos, las causas de la enfermedad son las pésimas conductas alimenticias creadas en la infancia temprana. El estrés y el paso acelerado en el que progresa la vida actual impiden de manera significativa que el padre o madre de familia cocinen en casa. Por lo tanto, sus niños consumen lo que se presente en el menú de sus restaurantes favoritos, sin importar, las calorías, grasas, o procedencia de los productos allí expuestos. Así de rápido es como un niño puede llegar a padecer de enfermedades en la sangre, el corazón, los pulmones, sin contar las agresiones y ataques psicológicos a los que probablemente será víctima, por ser “el gordito” del salón o de la familia.

Si bien es cierto que al inicio de la vida de un ser humano la alimentación está a cargo de sus padres, en la adolescencia, el vínculo entre alimentar al joven y satisfacer sus gustos es muy débil, y el adolescente lleva en sus manos la carga de saber elegir entre lo que quiere comer y lo que debe comer. Al dar poder de elección en un asunto tan significativo en la vida de un ser humano, se puede llevar a la creación de pésimos hábitos alimenticios, por ignorancia o simple desobediencia; y grandes trastornos como anorexia, bulimia, gastritis, colitis, entre otros, entran silenciosamente en la vida, ya lo bastante compleja, del adolescente.

Recuerdo la historia de una estudiante que tenía muchos deseos de entrar al colegio. A sus doce años, era una niña de contextura gruesa, y altura media. Nunca comía en casa, y sus meriendas eran jugos y galletas. Al iniciar el sétimo año sus padres le daban dinero para que comprara su propia comida. Ella astutamente y tras haber sido víctima de crueles ataques y burlas por parte de sus compañeros, decidió hacer una “dieta”. Un día en plena clase de inglés, levantó su mano para solicitar algún permiso, y antes de siquiera emitir un sonido, se desvaneció frente a mis ojos y los del resto de la clase. Al llevarla con la orientadora, mi primer pregunta fue: “¿Ya comió algo?”, y la respuesta fue un simple: “nada “teacher”, no he comido nada desde hace tres días”. Indagando más en el asunto, la orientadora, el psicólogo y yo, escuchábamos a ésta niña expresar su desilusión al no tener control sobre nada en su vida, y su deprimente fracaso por no tener amigos. Mencionó cómo la comida se había convertido en su escudo protector, ya que ella era capaz de decidir, cuándo, cómo y por qué comía. Este ejemplo, es uno de tantos en dónde el padre inculcó terribles hábitos en el niño o niña y en la adolescencia se le fue de las manos.

Otra situación habitual relacionada con desórdenes alimenticios, puede darse en otra etapa de la vida. Sorpresivamente, las múltiples tareas de la juventud al entrar a la universidad, llegan a cambiar la manera en que el adulto joven se alimenta. Frases típicas como: “Vamos al “Mall”, “Jale por unas boquitas”, o, “que pereza cocinar”, se vuelven base diaria de la dieta de un universitario que carece de tiempo para preparar una comida balanceada. Personalmente, mis hábitos alimenticios se tornaron perezosos al vivir en una casa con seis estudiantes de todas partes del país y lejos de mis padres.

Cada uno nos turnábamos para cocinar. Nunca faltaba el que se excedía en el uso del aceite, la mantequilla, o la salsa inglesa para un simple platillo. Sin embargo, comer en casa de esta manera, sumado al comer fuera de ella cuatro o cinco veces a la semana, contribuyeron al desarrollo de enfermedades como colitis, gastritis, alergias, entre otras. El universitario, o la persona que se aleja del núcleo familiar por trabajo u otras razones, tienden a descuidar su salud y su forma de comer por la falta de tiempo y el cansancio.

Todo es un ciclo. Luego de abandonar la casa de los padres, ya sea para ser un profesional o para formar una nueva familia, las personas eventualmente tendrán hijos y repetirán los patrones alimenticios que les fueron enseñados por sus padres en la niñez.

Entonces, ¿está todo perdido?  No lo creo. Introducir los buenos hábitos desde edades tempranas, es el primer paso para iniciar autoconocimiento en el ser humano. Idealmente se debe iniciar en la familia, pero es también deber del educador incluir este tema, como un valor, “el respeto”. Respeto por sí mismo, por su cuerpo, por su vida, y por la calidad de la misma en el futuro. De igual forma, colegios y universidades no se pueden dejar de lado. Campañas en pro de la buena alimentación y cuidado de la salud como “La Semana de la Salud” en universidades estatales, proporcionan al público en general, una semana repleta de actividades, con el objetivo de rescatar la importancia de tener una buena alimentación, de chequearse periódicamente con el médico, y de seguir una rutina de ejercicios, para lograr una mejor calidad de vida. Por lo tanto, el hecho de haber sido criados de una forma específica, no significa que debamos pasar los mismo hábitos generación tras generación. Día a día, nuevos trastornos aparecen en la sociedad, tanto como padres y/o educadores, tenemos que estar anuentes al cambio y abrir nuestras mentes para poder brindar a nuestros hijos y estudiantes las herramientas necesarias para que tengan un futuro saludable y una excelente vida futura. Nunca olvidemos, los valores se inculcan en el hogar, pero se desarrollan en el diario vivir. Como parte de este diario vivir, la escuela debe ayudar a formarlos y fomentarlos. Sembremos la semilla y mirémosla florecer.

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: