Y es que bailar, sólo nos da ganancias. Liberamos todo el estres que hemos acumulado. Si se practica con regularidad, comenzamos a ver resultados favorables en nuestro físico, todos los gordillos y llantillas que por ahí andamos se comienzan a ir y la figura se nos comienza a moldear, así que eso nos estimula aún más a continuar.
Hace poco menos de un mes, me fui a pasear fuera de San José. De regreso, pasamos por La Perla del Pacífico. Nos sentamos a comer y a disfrutar del ambiente. Después de un suculento pescado entero (que estaba de chuparse los dedos) y un buen arroz con mariscos, nos fuimos a ver el atardecer. Cuando íbamos casi llegando al sitio escogido, comencé a escuchar una música pegajosa e indudablemente bailable. Inmediatamente le dije a mi amigo “ahora nos apuntamos a la bailadilla” Me volvió a ver con unos ojos como: ¿Está loca? Recordé casi instantáneamente, que, varias veces me había pedido que le enseñara a bailar, ya que ni la cucaracha le sale bien.
Pues como yo, no padezco de vergüenza crónica, viendo el atardecer me tiré como dicen popularmente a pista y comencé a bailar. ¡¡Que rico es bailar!! Pues para no cansarlos con el cuento, comiéndome un Churchill, terminé bailando con unas maestras pensionadas, que al igual que yo disfrutaron intensamente de la bailada. A mi amigo, claro está, jamás lo pudimos levantar de la silla.
Entre los requisitos que nosotras las damas solicitamos de un caballero con el cual pretendemos establecer una relación afectiva (de cualquier tipo) es que sepan bailar y me imagino que los caballeros también solicitarían este requisito en nosotras. Sin temor a equivocarme, entre muchas de las cosas que se pueden disfrutar en pareja, con amigos y amigas, con primos y primas, con abuelos, tías, tíos y toda la parentela y los que se unen a la hora de, está el bailar.
Analizando un poco más la situación de la bailadera, me tope con un tipo de personas que curiosamente alegan: “no gracias, no me gusta bailar”. ¿¿Quéééé? ¿No me gusta bailar? Un momento, no es que no les guste bailar, simple y sencillamente es que no saben bailar y antes de pasar por la pena de decir que no saben, prefieren decir que no les gusta. Hasta Jesucristo bailó en las bodas de Canaán y ¡que ese no era su oficio! pero también se tiró a pista y muy probablemente la pasó estupendamente bien.
Aprender a bailar, como todo en la vida, es un asunto de arriesgarse, de lanzarse al agua, de saber que al principio cuando estoy aprendiendo pasaré una que otra vergüencilla y que hasta el mejor mono se le cae el zapote, pero de ahí no pasa.
Liberamos sustancias beneficiosas que son llevadas a todos los rincones de nuestro cuerpo por medio de la circulación, la cual está sumamente estimulada por el movimiento y eso nos brinda el placer al bailar. Si practicamos un baile regularmente, esto nos permite socializar con los miembros de nuestro grupo, vencemos la timidez, la pena, nos sentimos integrados e importantes.
Bailes hay muchos, se pueden hacer solos o acompañados, los hay intensos y de fuerza como el flamenco, los hay sensuales como el tango y el baile del vientre (belly dance).Otros que se disfrutan más bailándolos en pareja como una salsa, un bolero, un merengue, un pasito doble, una cumbia suavecita y sabrosona o un ballenato. También los bailes de cada nación o típicos que por lo general se practican en grupos grandes..
Sin duda alguna bailar nos proporciona una satisfacción general, permite que nuestra energía corporal esté en constante movimiento, nos hace más felices y disciplinados. Libérese de sus temores porque no sabe bailar. ¿La pena? Quítesela de encima. Salte al agua y olvídese de los tontos prejuicios que lo tienen amarrado a una silla. ANÍMESE A BAILAR, NO SE ARREPENTIRÁ.
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