Un poeta maldito y algo más

Katherine Peytrequín
Licda. en Artes Dramáticas y Administración Educativa, UCR

Perdón: ¿¿cuál me dijo que es su profesión?

Que, ¿qué va a decir la gente? Que, ¿cómo se te ocurre? Que, ¿para qué invertimos tantísimo en tu colegio? Que, ¿es una locura? Que, ¿es una broma verdad? Pero la pregunta más importante: ¿de qué vas a vivir?

Sí. A éstas y a muchas más interrogantes se enfrenta un ser humano, sobre todo, en la inquietante etapa en que se deja de ser adolescente para tratar de ser adulto. Y es que, la habilidad para dibujar, cantar, interpretar, escribir, esculpir, bailar… esa habilidad adolescente se ve en la necesidad de transformarse en algo más y más grande. Es cuando éste ser humano decide estudiar algo relacionado con las Bellas Artes.

Pero… ¿Cómo un pasatiempo, verdad?

Y no. Este ser humano quiere hacerlo su profesión. Su pasión. Su vida.

Y a partir de estas inquietudes iniciales –que generalmente las realizan los adultos- surgen un sinfín de “revoltijos” mentales, emocionales, viscerales. Revoltijos que ponen en la orilla de un precipicio a quien ambiciona tomar la decisión de ser artista. Y para lanzarse de ahí –de “la comodidad”, del “status”, del “buen vivir”, del “prestigio”; según algunos- se requiere de mucha valentía pero sobre todo de mucho amor.

Amor por quien se es. Amor por lo que se cree. Amor por lo que se desea.

Al decidir estudiar alguna de las ramas de las Bellas Artes, esa adolescente con sus sueños y entusiasmos, podría pasar por varias etapas, las resumo en tres:

  1. La de las preguntas. Interminable. Una etapa que muy probablemente no se le vea el final porque muchos se encargarán a través del camino de la vida a cuestionar siempre: ¿por qué te dedicaste a esto?
  2. La del trabajo fuerte. Primero, es pasar horas interminables practicando, ensayando, escribiendo, moldeando para cumplir con los cursos que finalmente te ayudarán a obtener un título que te acredite. Segundo,  pasar horas interminables practicando, ensayando, escribiendo, moldeando para presentar el resultado (que nunca estará perfecto) al espectador.  Tercero, pasar horas interminables practicando, ensayando, escribiendo, moldeando para  simplemente ser/existir/crear. Esta también, es una etapa interminable, pero un poco menos llevadera que la primera. Porque aquí debés aprender a tener “piel de paquidermo” para que no te afecten: las preguntas ofensivas, los ojos evaluadores, las críticas morales (y las artísticas), el cansancio, la decepción, la falta de dinero, la falta de oportunidades, las burlas, la soledad, las butacas vacías, la lesión, la falta de espacio, el poco apoyo y así por mucho más, en un país como el nuestro donde ser “artista” es…
  3. La de la satisfacción. Etapa también interminable –gracias a la vida-. La más hermosa. Aquella que nos llena de sonrisas, ánimo, energía…Vida. La etapa donde transformamos corazones, donde transformamos la historia.

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