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Lic. Rodolfo Valentín
Muchos educadores señalan que la apatía es un fenómeno que se ha incrementado en estos últimos tiempos y que afecta a un sinnúmero de alumnos de todas las edades, como "una falta de interés" en el colegio, en las actividades, en el futuro, etc. La apatía conforma un estado de sustracción, de ocultamiento, de supresión de estados emocionales, y se manifiesta como una sensación de vacío, de ausencia.
¿Qué les pasa?
Debemos preguntarnos primero ¿cuál es la situación de niños y adolescentes en el sistema educativo? El paso por el sistema educativo se corresponde a las etapas de la niñez, la pubertad y adolescencia, momentos de ansiedad y de incertidumbre, donde se da una apertura a lo social que trasciende el reducido mundo familiar, muchas veces sin recibir ayuda por parte de las personas adultas. Durante estos años, los alumnos en la escuela no solo aprenden contenidos curriculares, sino otra programación oculta, sutil y silenciosa con la que aprenden reglas de interacción social, relaciones de poder, valores que difieren de los que se predican y que se actúan más allá del lenguaje verbal. Las modalidades de vinculación autoritaria se trasmiten en los estilos de comunicación y aprendizaje y se evidencian en la obsesión por la uniformidad y reglamentaciones disciplinarias, en la ausencia de diálogo, en las actitudes intolerantes frente al disenso. Para muchos alumnos, la escuela se ha convertido en una deshumanizada oficina expendedora de títulos y certificados; en un lugar donde no hay lugar para lo nuevo, lo imprevisto, lo diferente; donde la indisciplina solo es vivida como un ataque personal a los adultos que detentan la autoridad. El alumno que transita los abruptos caminos del sistema educativo, también percibe la dicotomía entre aprendizajes escolares y extra-escolares. Vive el aprendizaje como algo cuya justificación y utilidad está encerrada en sí misma; desarrolla actividades organizadas por profesores cuya finalidad muchas veces desconoce. Tiene presente "qué tiene que estudiar", algunas veces no tiene idea de "cómo", ni "para qué" lo tiene que hacer. Percibe objetos frecuentes y naturales de la vida escolar: libros, papeles, pizarrones, tizas, etc. y también el despojo de lo que le es "propio".
Si se le preguntara para qué sirve lo que está estudiando, las respuestas rondarían alrededor del modelo de sociedad: un modelo de "acumulación" y de "marginación". Los contenidos los siente como impuestos y ligados rígidamente al contexto en el que fueron aprendidos y su aplicación es posible en contextos similares: el aula. La prioridad excesiva a un reducido sector de la personalidad, hace que el énfasis esté puesto en algunos factores intelectuales: el "retener" y el "repetir": exigencias casi exclusivas de los exámenes finales que por algo se llaman finales: toda la educación apunta y termina en ellos.
El niño ante los otros
El niño desde su más temprana edad va formando lo que se ha denominado el "autoconcepto": el conocimiento que tiene de sí mismo. El comportamiento posterior depende de ese autoconcepto en cuanto que el mismo se comportará según lo que cree que es capaz y no tanto por lo que realmente es. De ahí que muchos alumnos anticipen porque "creen saber" los resultados de su actitud. Los indicadores son las reacciones de los adultos que lo rodean; lo que éstos esperan del niño condiciona severamente lo que el niño hará. Si se le anticipa un hipotético fracaso, los esfuerzos serán mínimos y esperará malos resultados, dando a los adultos la comprobación de la certeza de sus juicios al tiempo que los refuerzan en sus actitudes desvalorizadoras, generándose así lo que se denomina un "circuito de realimentación". En realidad no existe un autoconcepto que no haya pasado por los demás. Los niveles de aspiración de los alumnos generalmente están en función de lo que esperan sus docentes. Estas expectativas sobre los alumnos pueden convertirse en "profecías" que se cumplen a sí mismas.
El alumno se ve en los otros como en un espejo y acaba acomodándose a lo que los otros esperan de él. Es fácil comprobar en ámbitos escolares, la correlación existente entre "malas notas" y una autoimagen negativa: al fracaso escolar se lo identifica con el fracaso personal. El tamiz con que se mide a la persona del alumno muchas veces es exclusivamente escolar: "el estudiante se ha comido a la persona".
La apatía no es un fenómeno estático para ser estudiado en un gabinete; tiene un destino dinámico: nace, se desarrolla, lleva al desinterés, el desinterés engendra al aburrimiento y éste muestra muchas caras: la pasividad, la inercia, la tristeza e incluso la rebeldía, y desde allí comienza acercarse al otro polo de la apatía: la agresión. No es muy extraño encontrar sobre todo en adolescentes la alternancia entre apatía, inercia y exasperación en los comportamientos escolares y extra-escolares.
Lic.RodolfoValentini
Argentino, Licenciado en Psicología y Profesor de Filosofía - Docente universitario
Adaptado de: http://www.educar.org/articulos/apatia.asp con permiso del autor.
Consejos para evitar la apatía en los estudiantes:
- Dejar que el alumno hable y se exprese.
- Impedir que repita lecciones aprendidas de memoria.
- Inducirlo a utilizar otras capacidades además de las intelectuales.
- Promover la expresión de vivencias personales (¿qué viste, qué sentiste, cómo lo viviste?), y sobre todo sus opiniones (¿qué pensás sobre lo que estamos tratando?)
- Procurar que el alumno establezca con sus compañeros una comunicación "constructiva" y no meramente "informativa".
- Sacar a flote las capacidades (trabajar con lo mejor que tiene cada uno).
- Crear un clima donde cada uno se sienta valorado.
- Buscar el modo en que cada alumno triunfe en algo.
- Presentar a la educación como el desarrollo de capacidades y no como una carrera de obstáculos o de vallas que hay que saltar.
- Procurar que al alumno aprenda a "amarse a sí mismo".
- Impulsar el crecimiento de la identidad: potenciar y promover más el SER que el TENER.
- Acompañar el desarrollo TOTAL de la persona.
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